Al final del plan

Al final del plan, quizá lo hayas supuesto, está la secreta intención de hacerme amigo de todos los empleados de las gasolineras de todos nuestros lugares comunes, e incluso de los puntos de la línea de puntos que une nuestros lugares comunes. Conversar cinco minutos una vez, diez otra, quizá una hora entera mientras el aire rellena los neumáticos, con esos personajes de las tres de la mañana el cigarro encendido en la oscuridad de los grillos, esos que se preguntan quizá si algún día las letras anaranjadas de REPSOL se fundirán y vendrá un técnico a repararlas o si pasarán treinta años al servicio de tan renombrada empresa refinera y las luces, unas miserables luces, les sobrevivirán en la carretera y en los libros de historia y en el lugar del fondo de la memoria donde quedan las imágenes impresas. Ser quien enciende el cigarro alguna vez, y quien asiente después de dos horas de viaje en la parada reglamentaria y necesaria fisiológicamente, cuando la barba que nace después de ocho horas de turno comienza a acordarse de los habitantes que alguna vez llenaron sus depósitos allí. Imagínalo, todos esos hombres de nuestros lugares comunes con historias sensacionales sobre tres de la mañana cigarro encendido y entonces un hombre que, o una mujer cual. Todos esos niños desaparecidos y miembros amputados, o novias llegando tarde a bodas (de sangre). Será sencillo escribir un bestseller con el corazón abierto de los gasolineros en la punta de cada página, eso es. Será sencillo.
Es el final del plan, lo que vislumbro al final del plan que te tiene a ti entre medias, y de fondo tus piernas, de fondo de las medias, detrás por lo menos de ellas hasta que las rompo las medias las bragas el horario continental y te busco con ansia. El final del plan que me tiene de carretera y mientras tanto contar hacia atrás los kilómetros, saltar a la comba los lugares, soñar con asientos traseros y vivir con estaciones de autobuses rojos. Mientras tanto los enlaces, los mostradores, las azafatas, camareras y todos aquellos que una vez me cogieron una moneda y, al cerrar la caja con ella dentro, me dijeron: tranquilo, estás más cerca del abrazo. Mientras tanto la vida, y vivirla contigo o rodeándote.
Después, retirarse a grabar a los empleados de las gasolineras, rellenar trescientas páginas y luego lo usual, ya conocemos el negocio.

Comentarios

adictaacruzarenrojo ha dicho que…
Lo usual...
Sin plomo. El cigarro. La barba, bailando al son de la música que suena como viniendo directa y sin escalas desde cincuenta años atrás. La mirada a la parte del medio. Un papel roto en el salpicadero. Los botones de la camisa superiores mal abrochados. Y sin plomo. Y el hombre de la gasolinera. Y el cigarro en la boca. Y sus dientes amarillos. Y los tuyos sonriéndole al coral. Y el aire caliente del verano. Sin plomo. La barba. Mas cerca del placer. Más allá de la sonrisa. Y sin plomo. Y el cigarro. Y nunca nadie en verdad supo por culpa de quien de los dos la columna de humo se vió doscientos quilómetos a la redonda.
Don Peperomio ha dicho que…
¿quién dijo que las gasolineras no eran románticas?
A.fn ha dicho que…
El olor a gasolina siempre ha encendido mi fuego.

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